18 abr. 2010

K y B (dos viejos amigos)


            Una mañana de finales del año mil novecientos sesenta, sobre los curiosos márgenes del éter o de la literatura, un viejo insiste en hablar con él. Aunque sea unos pocos segundos, dice. Lleva un largo tiempo intentando persuadir al guardia, y cuando está a punto de sentir el peso de la paradoja por aquella historia (y otras) que cuidó celosamente, como nadie lo habría hecho, el guardia desaparece. Regresa al instante acompañado por un hombre todavía joven, flaco y algo aletargado.             

          El viejo y él se miran, se miden, sorprendidos uno por el aspecto del otro; da la sensación de que van a fundirse en un abrazo, o a golpearse con furia. El guardia hace eco de la solemnidad de la situación, y retrocede unos cuantos metros. El viejo no reconoce rencor en los ojos del joven, y está más que claro que está muerto y que lleva una eternidad en el paraíso; el joven ve el dolor en los ojos del viejo: destierros, exilios, oprobios y calumnias, una larga vida, y la incertidumbre acerca de su permanencia en la eternidad.

           Todavía en silencio, el joven estira su mano, el viejo la estrecha y baja la cabeza.
           -      Comprendo lo que hiciste–le dice–. No te aflijas. No hay traición si tú creíste que esa era tu meta.

           El tiempo se acabó y el guardia se acerca. Toma suavemente del brazo al joven que, dócil, se deja llevar. Dan media vuelta y por encima del hombro le dice gracias por todo, Max.
         -           Gracias a ti, Franz –le responde.

         Kafka, ya de espaldas a él, mientras camina alejándose, sonríe amargamente y acaba por comprenderlo todo.

3 abr. 2010

Perihelio, o el lugar donde nos perdimos


I

Te invité a cenar: no viniste.
Sonó el timbre y nos saludamos con un beso. Te sentaste.
Bebimos dos copas de vino antes de servir un plato de pastas
que amasé con la esperanza de que vinieras. No viniste.
Hablamos de Kundera y del recital al que fuimos.
Te hablé de lo que estaba escribiendo.
Hablamos de nuestros amigos.
Fumamos mientras abría la segunda botella de vino tinto.
Reímos, nos miramos, nos sentamos en el sillón.
Creo que escuchamos Jazz, ¿o fue John Cale?
Me dijiste que la comida estaba bien, no hubo postre, no sé hacerlo, te dije.
Hablamos de la escuela, de los chicos ahora.
Te pregunté algo y nunca respondiste.
Claro, nunca conseguiste llegar a casa.
¿Habrán llegado tus sandalias?, ¿habrá llegado el amor que nos teníamos?
Nunca llegaste, o tal vez fui yo quien ya no estaba.
Lo mismo da: te invité a cenar
y nunca vinimos.



II
Madame Bovary y Emily Dickinson toman el té a las cinco,
conversan acerca de asuntos internos porque la Monroe andaba preocupada.
Se lo dijo a La Maga y a la Zunz, una noche en casa de Catherine,
antes que esta muera al dar a luz. Cuando se enteró de esto, Sonia no quiso creerlo,
y llamó a la Sirenita, que no comprendió porque qué puede saber una niña acerca del dolor.
La que sí comprendió la catástrofe fue Julieta, que lloró sin los escrúpulos que Hipólita
solía tener antes de pelearse con Leonor, porque fueron ella y Alejandra quienes le vetaron la entrada al Parnaso, como a María Antonieta, que le negaron el acceso por acéfala. Quien sí pudo entrar por recomendación de Alfonsina fue Alicia,
quien a pesar de su corta edad recomendó a Helena, que tiempo más tarde fue expulsada por sus veleidades castrenses y sus constantes afrentas con Penélope,
que cautiva por su paciencia, virtud sorprendentemente fallida en Lena, que hace
dos meses salió de casa y ya anda tan lejos.


III

No moriremos de dolor no moriremos de nacer
No moriremos de canciones ni de poesía ni de prosas imperfectas
No moriremos de fiestas patrias ni de natalicios ni de conmemoraciones
No moriremos de irrealidad no moriremos de abismos no moriremos de gripe
No moriremos de placer orgásmico ni moriremos de introducción a la filosofía
No moriremos de trabajo ahora poco y aparentemente bien pago
No moriremos del hígado ni del estomago ni de los pulmones
No moriremos de la colonización española ni del éxodo latinoamericano a Europa
No moriremos de policía y armas y prepotencia y violencia en las calles
No moriremos de carne asada y vino tinto al mediodía
No moriremos de humo de marihuana ni humo del incendio en la calle 47
No moriremos de un verso necrofílico
No moriremos de carpe diem ni de Nietzsche
No moriremos de efecto invernadero ni moriremos de leer el diario
No moriremos de lluvia fuera de casa y sin paraguas
No moriremos de absurdidad ni de un plexo surrealista
No moriremos de amor, sin duda, ni del último beso antes de irnos
No moriremos de encontrar una salida ni moriremos de liturgias

Dios aún no llegó y nadie muere en este bautismo de dolor
Ahijados en la oscuridad huérfanos hasta de sombra esperamos su voluntad.


IV

Guardo las cartas y algún recuerdo como tus diminutos pies de geisha y el kimono que pagué y nunca te vi puesto, dentro de una caja, junto a tu cara envejecida por el llanto y el gato mirándonos presintiendo el dolor. Guardo también toda la risa del mundo dentro de esa cajita, guardo la pálida visión de los estantes ya sin libros ni discos, un pedazo tuyo además guardo, al ladito de todo el amor que te tuve, y dejo sueltos miles de pájaros negros, de los que te gustaban, para que puedan armarte un nido merecedor de contenerte.


V
Perihelio: Astron. Lugar en que un planeta está más cerca del sol.

Hace dos millones de años salimos, dejando sola la casa.
¿Habrá comido el gato?, ¿estarán húmedas las plantas?
No quedó nadie en la casa, desde que salimos, hace dos millones de años.
Nos perdimos en el viaje, flotamos en el aire, y no quedó nadie en la casa.
Quisimos llegar a la ciudad prometida, los boletos eran hacia el vacío,
nos estafaron, nos perdimos, nos acercamos lo máximo al sol,
nos quemamos, y dejamos sola la casa.

Salimos hace dos millones de años, hace dos millones de años que vagamos,
el sol acabará el oxígeno y los víveres, acabará los días y los planes,
acabará nuestra fe en el hombre, y al final nos tragará a nosotros, fuera de casa.
Para entonces habremos bebido el hidrógeno,
mil veces preguntado qué fue de nuestros amigos, padres y hermanos,
y para tu cumpleaños número cuatro millones
te habré regalado la luna tantas veces que tus ojos estarán muertos,
es un regalo, mirá la luna, es tuya, guardá el favor, faltaba más.
La velocidad de la luz te habré dado también, para que puedas volver a casa,
la casa que dejamos hace tiempo, hace dos millones de años,
y te fijes el gato y las plantas, las cuentas impagas, la llave del agua.
Y puedas salir adelante, sola, conmigo a dos millones de años de distancia,
acercándome más y más al sol, flotando perdido, estafado y sin lugar donde volver.